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Una escuela por la paz y la no violencia

Especialistas sostienen que esta institución necesita volver a acoger las diferencias y transformar las fuerzas inherentes a la violencia en aquellas que promuevan el crecimiento de niños y de adultos.

La escuela es una institución recordada por todos; una institución que acuna en la memoria social individual tanto experiencias gratas como traumatizantes.

En el marco del Día Escolar de la No Violencia y la Paz, que se celebra cada 30 de enero para conmemorar en los centros educativos una cultura de no violencia y paz, los especialistas Santiago Carballo, Liliana García Domínguez, Eliane Marcellino, Isabel Mansione, María Teresa Rocha y Diana Zac – Psicoanálisis y comunidad de APdeBA (Asociación Psicoanalítica de Buenos Aires) y SBPRJ (Sociedad Brasileira de Psicoanálisis de Rio de Janeiro)- sostienen: “Se critica a la escuela porque se espera que ella complete el proceso de desarrollo humano subsanando las fallas de la sociedad. ´Cuando a la sociedad le pica se rasca en la escuela´, dice el educador Larry Cuban”.

De acuerdo con los especialistas anteriormente mencionados, a la escuela se le exige que complete el proceso de socialización y no se le reconoce el esfuerzo. “La escuela avanza desde el colegio a las familias, de las familias al barrio y del barrio a la sociedad entera con un efecto cascada que multiplica y difunde modos de relacionarse con el conocimiento y de las personas entre sí. Tiene una importancia central en la construcción de la subjetividad y en la inmersión en la cultura a través de los vínculos en los que se vive y se crece”, explican.

Una escuela por la paz y la no violencia

Para ellos, “no solo en ella, pero en ella también, existen modalidades de vínculos interpersonales que generan y sostienen la violencia, entendida esta como la acción ejercida sobre el espacio físico y/o mental de otro, tendiente a provocar daño, así como la utilización abusiva del poder”.

“Contando con el conocimiento sensible y reflexivo de este fenómeno complejo, y ejerciendo una autoridad sana, la escuela puede trabajar por una cultura de la paz. Resulta violenta, asimismo, la ausencia de alguien al que se necesita y se espera encontrar donde se lo busca, alguien regulador de los impulsos y proveedor de recursos psicosociales”, precisan.

Y agregan: “Resulta violento no ser pensado adecuadamente por otro, tanto cuando se hace un diagnóstico prejuicioso como cuando se le atribuye a un sujeto una cualidad que no le es propia o no se respeta su sentir y/o sus ideas. Estos comportamientos no son intencionales o no son conscientes para el que lo hace. Es esta una violencia sutil que provoca en el que lo recibe, reacciones defensivas que pueden exteriorizarse como violentas. De ahí a la marginación -y no solo económica- hay un solo paso. Porque la marginación significa aquí ser excluido del pensamiento social y de la trama social, invisibilizando la existencia de los sujetos y de los problemas”.

Marginación y abandono

Según los especialistas, “esto es una forma de abandono de persona porque no hay una presencia estable -que piense a los sujetos en vínculos- de quienes deben ejercer la función de cuidado: la familia, la escuela, y/o el Estado”.

“En los escenarios actuales, los cuidadores terminan siendo abandónicos cuando no pueden ejercer la autoridad por miedo a ser autoritarios, o porque les cuesta soportar la frustración tanto propia como del otro. En este tipo de relación se producen daños que no se reparan y las partes en conflicto en general no se reconocen responsables e involucradas”, precisan.

Debido a las dificultades en el ejercicio de la función de autoridad, muchas veces los educadores terminan favoreciendo relaciones dañinas. En ese sentido, explican: “Aquí tenemos una consecuencia compleja: por un lado, por tratarse de una relación asimétrica. Los niños y adolescentes se encuentran sin freno frente a sus propias fuerzas impulsivas; por otro lado, los educadores se sienten igualmente vulnerables ante los desafíos de su día a día escolar”.

Históricamente, la escuela es una institución social de control y transmisión de contenidos. En la actualidad ha ido cambiando, impulsada por la enorme producción de conocimientos y por los cambios radicales en el acceso a los mismos. De esta manera, ante la gran cantidad de información que se puede transmitir, “necesita convertirse en un agente propulsor del pensamiento crítico y de la estimulación del deseo de conocimiento”.

“Este cambio de concepción requiere adaptaciones de la escuela para cumplir una función diferenciada, la de conducir a los estudiantes a comprender su lugar en el mundo, en términos de derechos personales y deberes hacia la comunidad. De esta función dependerá la selección y adquisición de contenidos para un aprendizaje transformador”, sostienen.

El rol de los educadores

Los educadores serán responsables del liderazgo en el ejercicio de la curiosidad y del respeto a las singularidades, para promover espacios creativos en el ejercicio de valores humanitarios ante las diferencias y diversidades humanas.

“En esta nueva concepción, podemos pensar en la escuela como una importante institución promotora de una cultura de la paz, articulándose con los diversos segmentos de la comunidad social y cultural. Sin embargo, esta transición del rol de la escuela no se dará de forma natural, ya que la posibilidad de vivir con lo ´extranjero´ en el sentido de un otro no conocido, alguien que no soy yo, será un logro que demandará esfuerzo y tolerancia al miedo ante lo nuevo”, profundizan.

Para los especialistas, “aquel que no nos resulta conocido ni familiar a nuestra propia cultura, nos pone de frente a nuestras propias partes desconocidas y esto conduce a un ejercicio de autoaceptación, tanto de nuestro estilo de comunicación y aprendizaje y su impacto en los otros y en nosotros mismos, como de que no somos conscientes de todas nuestras motivaciones”.

“A través de este ejercicio de autoaceptación ese ´extranjero´ será percibido como un semejante, perdiendo su condición amenazante, convirtiéndose en un sujeto de interés afectivo en sus particularidades. Este logro no ocurre de forma aislada. Los educadores necesitan apoyo de toda la sociedad para poder afrontar los desafíos de la vida escolar cotidiana; así como los alumnos necesitan apoyo estable para sentirse seguros de que no están solos y que pueden confiar en los adultos disponibles”, argumentan.

Por último, concluyen: “La escuela podrá lograr modelos éticos de vinculación si puede promover el intercambio entre pares para el ejercicio de una sana autoridad. La escuela necesita volver a acoger las diferencias tal como lo ha hecho siempre la escuela rural, por ejemplo, y transformar las fuerzas inherentes a la violencia en fuerzas que promuevan el crecimiento de los involucrados, tanto niños como adultos. Así podremos pensar en la escuela como agente de una cultura de paz”.

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